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Apuntes del subsuelo

Escritos de Antonio López del Moral Domínguez. Relatos, artículos, ideas, desvaríos y otros estilos de autocontemplación umbilical.

La parida

31-10-2005 10:37:45
Vamos, así, entre colegas, delante de un café, y sin exaltarnos: más allá de la cuestión fundamental de a santo de qué tenemos que mantener a esta caterva, ¿a qué vienen tantas alharacas porque haya nacido otro más? Vale que cada uno se alegra por lo que quiere, los hay que se bañan en pelotas en la Cibeles porque doce tíos en calzoncillos metan a patadas un cacho de cuero en una red, los hay que se duchan con champán porque se celebra el Día Nacional de no sé qué patrias o banderas, en fin, que la capacidad de alegrarse es algo connatural al ser humano, no hay más que echar un vistazo al libro Guinnes de los récords para comprobar hasta dónde llega la vocación que tiene el hombre de festejar su propia estupidez (como muestra, el botón del tipo que logró cascar cien nueces con las nalgas). O sea, que entiendo que el tal Felipito celebre el nacimiento de su vástago, o vástaga, entiendo que los Borbones se congratulen de ello, pero ¿a mí qué me va en ello? O a usted. O al vecino. ¿A qué vienen las celebraciones, los desfiles, interrumpir la programación televisiva, qué se yo, cortar la Castellana (igual la cortan y todo, vaya usted a saber), ocupar el noventa por ciento de todas las radios y televisiones?

Con esto de la monarquía me pasa como con las revistas del corazón, el fútbol o Operación Triunfo: que no lo entiendo. No me explico qué oscuros mecanismos de la mente llevan a una persona medianamente culta a enzarzarse en apasionadas discusiones sobre protocolo real, derechos sucesorios, y doñasleticias varias. Porque esa es otra: enciendes la tele y ves a esos plumillas impresentables que cinco minutos antes casi se tiraban de los pelos hablando del polvo en el jacuzzi del gran hermano, los ves, digo, completamente dignos, estirados, ridículos en su estupidez, refiriéndose a la familia real, y utilizando las más sofisticadas fórmulas de tratamiento protocolario. Llaman al experto en linajes, el tal Peñafiel, lo aderezan con el hijo bastardo de Alfonso XIII, un tipo pintoresco con perilla, gemelos y bastón de puño de marfil que se las da de dignísimo y que cuenta las batallitas del abuelo Cebolleta, y ya tenemos programa, y el cotilleo adquiere, oiga, otro lustre, que también dentro del periodismo basura hay clases, que no es lo mismo el Hola que el ¡Qué Me Dices!, dónde va a parar.

A lo mejor es que con el rollito de la monarquía nos sentimos todos un poco más, no sé, un pelín más nobles, más aristocráticos. Es cómo si al acatar la parafernalia esperásemos que nos salpicase un poco de sangre azul, y nuestros trabajos de mierda, nuestros cada vez más escasos derechos laborales, nuestros problemas de proletas, quedasen reducidos precisamente a eso, a cosas de clase baja, asuntos, por lo tanto, carentes de interés, de brillo, de espacio en el papel couché. Hablar de las manifestaciones, de los cortes de carreteras, de los derechos laborales, es de mal gusto, es, como diría Pocholo, muy de obreros, pero hacer tertulias sobre la familia real es otra cosa. Somos súbditos, sí, pero si le lamemos un poquito la mano al monarca igual nos arrea con el bastón en el hombro y nos transforma de calabazas en carrozas, o de perros en lacayos, como en el cuento de la Cenicienta.



Ya decía Patricia Highsmith en un librito sobre consejos a escritores (de cuyo nombre no quiero acordarme) que si quieres triunfar en la literatura no te centres en asuntos sórdidos: sólo hay espacio para un Dovstoieski, pero hay mucho sitio, en cambio, para los que fantasean sobre la aristocracia.

Incluso en Francia, país antiaristocrático y burgués donde los haya, los escritores de finales del XIX y principios del XX circunscribían sus historias al ámbito de la nobleza y la monarquía. Y es que parece que nadie se libra del poderoso influjo de la realeza, el brillo de las cucharas de plata siempre atrae a los cuervos, que son unos bichos muy feos sobre los que sólo ha escrito bien Edgar Allan Poe, y quizá, aunque más de pasada, Horacio Quiroga, que también era un hombre un poco enfermo.

El caso es que ahora parece que hablar de la aristocracia y de la realeza se pone de moda, y los cuervos se lanzan sobre la plata, el pueblo llano contempla con arrobo a la nueva heredera, y mientras en los programas –basura se centran en cuestiones superficiales, en las emisoras serias se plantean, muy seriamente, asuntos de más enjundia. Como, por ejemplo, si la borbona neonata tendrá derecho natural a heredar la corona, si habrá que esperar a que nazca un hijo varón, por eso de la tradición y la ley sálica (¡qué nombre!), o si hará falta modificar otra vez la sacrosanta Constitución para garantizar los “derechos” de “doña” Leonor (con doña, por favor). Hay que jorobarse con los derechos. De los derechos de los homosexuales, para qué hablar, las mujeres maltratadas, que se jodan, los obreros, bueno, ¿pero es que todavía quedan? ¿No los habíamos domado ya a todos con las hipotecas? Pero los derechos de la infantita, que ni los toquen, que si hay que modificar la Constitución, se modifica. O sea, quiero decir, que de modificar la Constitución para cosas como el estatuto de Cataluña nada, que la Constitución es de todos, y también quiero opinar, pero si hay que cambiarla para que “doña” Leonor (don doña) herede el trono, lo que haga falta, y ponga otra ronda de champán (nada de cava), que esta la pago yo con las comisiones inmobiliarias.

Doña Leonor, ay, doña, de doñas, o dueñas, nos hablaba el gran Arcipreste, las doñas, o dueñas, sólo tienen gracia en el sentido pornográfico de la cosa, y a lo mejor para eso sirve esta monarquía de papel couché: para darle un tonito erótico festivo a la democracia de papel mojado. Habrá que empezar a buscar el erotismo de la familia real, y aunque la reina, con ese gesto adusto, destrempa un poco así de entrada, la tal Leticia, embarazada y todo, como que tiene su aquel. Doña Leonor, qué menage a troix, o, más bien menage a roi, doña Leonor nos salvará de nosotros mismos, doña Leonor, nos dicen, es al antídoto contra ese cuadro de Goya en el que nos matábamos a golpes de quijadas de burro, doña Leonor es la bisagra de las dos Españas, o eso cree, doña Leonor será la bisagra desengrasada de la puerta de atrás del postfranquismo, esta farsa descafeinada del capital y la nobleza, en la que el pueblo hipotecado y con el cerebro bien limpito, corea consignas monárquicas mientras escucha el himno nacional, y cuidadín con volver a tocar lo de Riego. Y encima a la infanta la llaman guapa.

Antonio López del Moral

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